Catón desesperaba. El espectáculo grotesco, las costumbres griegas, parecían instalarse sin remedio en la orgullosa Roma. Los jóvenes no escuchaban. Preferían el discurso demagógico de un Escipión a la prédica austera que alertaba sobre los peligros. La indiferencia de unos, la incapacidad, la complicidad o estulticia de otros, quizá el cansancio de los más, parecíanle un veneno mortal que corroía lenta pero seguramente todos los resortes del imperio. Una sociedad ahíta que prefería experimentarlo todo escarnecía a los preocupados, ridiculizándolos por su apego a la tradición y a las costumbres. Mucho más tarde, con descarnada exactitud describiría George Bernard Shaw cómo aquel proceso pudo verificarse de esa manera pausada e insensible que suele sumir a los pueblos en prolongado y a veces fatídico letargo: “No tienes idea –sentenciaba- de cuán espantosamente interesante es tomar a un ser humano y convertirlo en otro ser humano completamente distinto con sólo crearle un nuevo idioma. Es crear el más amplio abismo que separa a una clase de otra clase y a un alma de otra alma”. Y tenía razón: no hay abismo más difícil de llenar que el abismo cultural.
La hora de las multitudes había llegado para Roma. No es extraño, pues, que aquel Atilio, “de casta de libertos”, tomara la iniciativa de construir un anfiteatro donde convocarlas celebrando allí el juego de gladiadores. Cuenta Tácito que aquella obra era defectuosa. Habíase hecho “...sin afirmar bien en lo macizo los fundamentos ni encadenar las vigas y tablas sobrepuestas, como aquel que se había movido, no por abundancia de dineros que tuviese o por ganar la gracia a los ciudadanos, sino sólo por el interés de una vil ganancia.” De toda edad y sexo habíanse agolpado en ese recinto cuando sobrevino la catástrofe. Cincuenta mil personas “entre muertos y estropeados” equivalía al saldo de una guerra prolongada. La descripción que sigue es patética: por el dolor sobreviniente mejor suerte que los heridos tuvieron –a juicio de Tácito- los muertos. “De los demás –dice-, que no habiéndose hallado en aquel espectáculo acudían a la fama de la desgracia, unos lloraban al hermano, otros al primo, quién al padre, quién a la madre, y muchos a todos estos parentescos juntos. Y los que por varias causas tenían ausentes a sus amigos y a sus deudos estaban también con temor; tal que, hasta que se supo de cierto a quién tocaba el daño, el miedo fue universal.”
Y Roma lloró. Pero no sólo lágrimas hubo. “Proveyó el Senado –nos recuerda Tácito- que ninguno de allí adelante pudiese hacer juego de gladiadores que no tuviese por lo menos diez mil ducados de hacienda, ni se hiciese anfiteatro que no fuese bien firme y seguro, y Atilio fue condenado en destierro.”
En el lenguaje –como en economía- nada es casual, ni irrelevante con el tiempo. No deja de ser curioso que el propio Augusto, tan preocupado por el estilo -de quien afirmara Suetonio que “no observó mucho la ortografía”-, adhiriera a la opinión de “los que quieren que se escriba como se habla”. Ese velado pero significativo ataque a lo normativo parecía generalizarse por entonces en Roma. Roma preparaba su propio derrumbe. Y el derrumbe llegó. Para entonces, Catón, Escipión y todos aquellos infortunados que hicieran que el mundo civilizado se horrorizara esparciendo lágirmas de dolor y desencanto, eran tan sólo una insignificante porciúncula de historia, ese grano de sal de Spinoza, “que a la hora de la muerte se disuelve en el mar”.